yo
eco,
Dios.
Arte de
zigzagueo,
ornamentalo
sin tus manos
por tu elástico,
en tu ayuno bemol.
Con tu libro perpetuo
-subrayado polo dantesco-
ya Biblias de tinta perduran
en aquel día que morimos todos.
Y en bandejita cedieron los ojos,
los ojos cefálicos ¡que miran nada!
Invertidos los incrustaron... rebeldes,
yo así nunca conoceré nuestra propia cruz.
Ayer un superyo salió a caminar impune,
autosentenciado por su feliz ortodoxia
tan suya como lo que ve ¡tan nuestra!
Tan nuestra como esas historias
de bien y mal, de gol u orsai
de origen diabólico como yo
blasfemando en mi infierno
Quién no cree que existe
el diablo y la bondad,
como cualquier idea
o representación,
que lo busque
allá afuera
con ojos
ciegos,
¡míos!